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Una vida diferente a mi madre.

Hola, Brigitte.

Te escribo para pedirte un consejo, un apoyo, una ayuda.

El otro día, en un movimiento sistemico, vi como estoy teniendo con la vida la misma relación que tenía con mi madre cuando era pequeño. Una relación frustrante, hecha de unos continuos «no» incomprensibles, unos «no» dichos por adelantado, por principio, casi como si decir que no fuera un deber de madre, unos «no» que se contradecían continuamente con los «no» dicho una hora antes (recuerdo que yo pedía explicaciones, quería entender, pero la respuesta siguiente era «porque no»), una relación posesiva, hiper protectora, castrante, enloquecedora. Al final del movimiento vi a mi abuela materna al lado de mi madre, muy grande, y mi madre muy pequeñita, como una niña; las dos estaban delante de mí, en mi camino hacia la vida (no se el porqué, pero ahora recuerdo el detalle de que mi madre creció con sus abuelos, y veo el «no» que recibió por parte de su madre).

Pues, al encontrarme delante de la vida, sentí la necesidad de apartarlas de mi camino y las puse a un lado. Lo bueno es que no sentí ni rabia ni rencor, pero sí liberación. En eso, debo ser sincero, reconozco también lo que hizo mi padre con su madre, aunque me cuesta decirlo porque me parece meterme en una relación que no es mía, algo que he sentido y que ha ocurrido toda mi vida, pues siempre me sentí, y me vi, involucrado en las relaciones de los demás: la de mis padres, la de mi hermana con sus novios, y ahora está ocurriendo con la de mis hermanos mayores con mi madre (de los hermanos vivos soy el más pequeño), sobretodo con el más grande, que me considera un vago, el culpable de todos sus problemas y hasta de algunos de la sociedad, y me ha renegado, declarándome muerto. Admito que a menudo me he sentido utilizado, también ahora, y con el tiempo conseguí ver como yo mismo me metía en las relaciones de los demás, yendo de salvador.

Volviendo al movimiento, es curioso como al apartar mi madre y mi abuela me pareció ver a las dos contentas, sobretodo mi abuela que casi me aplaudía. Sentí, y sigo sintiendo, la necesidad de relacionarme con una vida distinta a mi madre, y mientras escribo siento que también de mi abuela; pues me doy cuenta de que siempre doy por hecho de que cualquier cosa que hago la respuesta va a ser que no, y al final es así. Ya tengo un trabajo que me hace estar bien, que me hace sentir vivo, me da fuerza, y consigo hacer con fuerza a pesar de vivir con mi madre en su casa, un trabajo que he aprendido a llamar trabajo, que he aprendido a respetar y que ahora pretendo que venga respetado, un trabajo que no quiero abortar (cuando constelé mis proyectos en el instituto, con Gema, el suelo se llenó de niños abortados mirando a mi representante) a pesar de no darme ya ningun fruto, y que además me hace sentir invisible en el mundo, ya que nadie lo ve. Estoy abierto, a lo que venga, con tal de que sea algo que me haga sentir vivo, porque, al ser sincero, estoy tambien harto de que la vida sea un sufrimiento, que trabajar sea sufrimiento, que el «mea culpa, mea culpa, mea grandísima culpa» que me ensañaban a repetir mi abuela y mi madre, acompañando mi mano derecha hacia mi pecho, desaparezca de mi vida. En el camino que estoy recorriendo, reconozco que tuve que rechazar a mi madre, a las mujeres, para protegerme, para defenderme del tsunami que representaban para mí, por miedo (recuerdo que cuando, contigo en el instituto hace unos años, constelé mi energía sexual, había tres mujeres detrás de mí, y tú dijiste «eso es demasiado» y pusisite tres hombres detrás de mí a mi derecha). Ahora quiero dejar que el agua fluya, serena, sin que me ahogue. Quiero relacionarme con mujeres distintas a mi madre, sentir que existen mujeres diferentes a ella, mujeres adultas con las que puedo relacionarme siendo yo mismo, pues mi madre se porta como una niña que se agarra a mí, pidiendome ayuda, en todo, hasta me pide dinero para luego devolvermelo casi enseguida. Quiero relacionarme con mujeres que me digan que sí, que quieran estar en la vida, no en la muerte, en la miseria. Creo que reconocer a mi madre como es, me hace bien. Antes creía que fuera una falta de respeto, pero ahora no, y lo más bello es que viéndola como es ya no siento rencor, ni la culpo por nada, y siento cada día más paz. Me dí cuenta de que crecí en la abundancia, pero sintiendo miseria, como si la abundancia fuera un pecado, gozar fuera un pecado, una culpa, y en eso vuelvo a ver a mi abuela y sus continuas quejas, su vivir miseramente a pesar de tener la posibilidad de vivir como una reina. Quiero soltar a mi madre, como en la pelicula «un monstruo viene a verme» y dejarla a su destino, pero me encuentro aqui, dependiendo economicamente de ella, y sintiendome su salvador. Ya no sufro por como es, hasta estoy aprendiendo a apreciarla, pero sí sufro por no conseguir hacer mi vida. No consigo liberarme de mi madre, y lo digo consciente de que es una frase que suena muy duro. ¿Cómo consigo eso, Brigitte? ¿Cómo tomo mi camino sin faltarle el respeto a nadie? ¿Cómo puedo estar al servicio de la vida si para mí la vida es un continuo «no»?

Yo quiero la inmensa fuerza de mi abuela y mi madre, pero la quiero para vivir, no para morir.

Todo está ahí, parado, bloqueado, como si hubiera un tapón que detiene la vida, la abundancia, que no me permite hacer mi camino, vivir, ser yo.

En muchos movimiento sistemicos me sale siempre lo mismo, o sea, que hay cosas que no dependen de mí, que hay energías más grandes que ahora dicen que no (y aquí vuelve el «no» con su correspectivo «porque no»). Hay cambios en mí, muy grandes, como la reconciliación con lo femenino que me está casi sorprendiendo, y si pienso que antes quería morime, mientras que ahora tengo unas ganas de vivir que crecen cada día más, siento fuerza, entusiasmo, vida. Pero también, y por fin, me permito ser un humano imperfecto con necesidades humanas, un adulto que necesita su espacio (curioso que al decir esa palabra me viene a la mente la casa donde me crié), un hombre adulto que necesita relacionarse, compartir, y que la vida, esa grande mujer hermosa, empieze a decirme que sí. Necesito sentir que el «sí» existe y es posible.

Para terminar, decirte que no quería escribirte, porque pensé que soy adulto y mi vida me la soluciono yo, pero al final lo hice por necesidad, como si fuera un ejercicio, porque eres una mujer fuerte (me doy cuenta de que al principio me echabas un poquito para atrás, pues veía en tí la fuerza de mi abuela y de mí madre) y yo ahora necesito relacionarme con las mujeres, abrirme a ellas, confiar en ellas, sentir que no me rechazan (eso lo sentí sobretodo cuando yo rechazaba a ellas), sentir que con ellas puedo ser un compañero, no un hijo, un padre o un salvador; necesito también permitirme pedir ayuda.

¿Sabes qué es lo más curioso de todo, querida Brigitte? Que acabo de darme cuenta de que he escrito ese poema sin frustración, sino sintiendome sereno. Así que, aunque sin quererlo, creo que ya me ayudaste.

Gracias, a tí y a todas las mujeres del instituto que recuerdo siempre con mucho cariño.

Chao, Luca.

By LucaG| 2022-07-06T12:42:03+02:00 julio 6th, 2022|Otros|1 Comment

Un comentario

  1. Brigitte 06/07/2022 en 12:54Accede para responder

    Hola Luca,
    como adulto puedes asentir a todo como fue y a todo como sigue siendo.
    Será desde ese asentimiento que nacerá la fuerza para ser tú mismo.
    Muy cordialmente

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